Estás obsesionado/a con alguien que no está del todo ahí
- Daniela Moscona
- hace 6 días
- 4 Min. de lectura
Actualizado: hace 5 días
Estás obsesionado/a con alguien que no está ahí.
Me refiero a alguien que no responde los mensajes, que aparece y desaparece, que te tiene en vilo.
Pero también me refiero a algo más: la persona de la que estás obsesionado/a en gran parte la construiste tú, no puedes obsesionarte con alguien que realmente conoces, obsesión indica fantasía y para fantasear necesitamos que el otro deje un espacio en blanco, así lo puedes rellenar con lo que sea que tu alma esté careciendo o tu ego.
Tomaste a esa persona como si fuera una envoltura nada más y rellenaste de lo que necesitabas que tuviera, borraste lo que no encajaba, y ahora persigues esa figura como si fuera completamente real.Y duele como si lo fuera.
Lo que estás viviendo tiene nombre: limerence. Dorothy Tennov lo describió en los años setenta como un estado emocional involuntario de preocupación intensa hacia otra persona. Pensamientos intrusivos que no puedes detener. Euforia o devastación completa según la última señal que recibiste.
Una necesidad que no es exactamente amor es más bien algo más urgente, más desesperado. Más parecido a una adicción que a un vínculo.
Y como toda adicción, lo que la sostiene no es la presencia constante del otro. Es la intermitencia. El “a veces sí, a veces no.” Ese patrón irregular de respuesta es exactamente lo que mantiene el sistema de recompensa activado, esperando, enganchado. Es neurobiología. Pero tampoco es solo neurobiología, porque ese patrón te resulta tan familiar por una razón.
La razón es que tienes un vacío sin resolver, y el vacío no empieza ni aquí ni ahora.
Para entender la limerence hay que ir más atrás que esta persona.
Cuando somos pequeños, todos necesitamos algo fundamental más allá de ser atendidos en lo básico: ser vistos, ser reconocidos. Que alguien nos devuelva en su mirada quiénes somos, que nuestra existencia importe, que lo que sentimos tenga un lugar en el otro. Estas necesidades se llaman necesidades de espejo: la necesidad de que el entorno refleje de vuelta un sentido de valor propio.
Cuando eso ocurre suficientemente bien el niño internaliza gradualmente esa capacidad. Aprende a sostenerse a sí mismo. Desarrolla una base interna estable.
Cuando no ocurre así, queda un hueco. No necesariamente porque los padres fueran malos, sino porque estaban ausentes emocionalmente, eran inconsistentes, tenían sus propios vacíos o simplemente no pudieron dar lo que ese niño específico necesitaba.
El resultado es un vacío que no tiene forma de llenarse solo, porque nunca se construyó la estructura interna para contenerse.
Ese vacío se queda allí esperando.
Ahora, déjame te explico por qué elegiste algo imposible.
La limerence aparece cuando ese vacío encuentra un rostro. Y suele encontrar uno que reproduce, de alguna manera, el patrón original. Alguien emocionalmente inconsistente, ambivalente, parcialmente disponible. Alguien que a veces sí y a veces no.
El cuerpo lo busca porque es lo que reconoce como vínculo. Lo confunde con intimidad porque es la forma que la intimidad tuvo en sus primeras versiones.
Y entonces esperas. Con una desesperación que no es proporcional al tiempo que llevas con esa persona, porque en realidad no es sobre esa persona. Es sobre todo el tiempo que llevas esperando.
Lo que proyectas en el otro, esas cualidades probablemente no son del otro sino deseos tuyos, más que querer a esa otra persona que ni conoces (por eso estás obsesionado), lo que quieres es ese espejo, verte a través de sus ojos y entonces reeditar la historia de ausencia y que esta vez sí se resuelva.
Básicamente, sería como estar viendo una y otra vez la película de Titanic esperando a que esta vez no se hunda el barco.
A veces esa imagen no puede vivir en uno mismo porque sentirla propia da demasiado miedo, porque implica una responsabilidad que el yo no siente poder sostener y entonces se busca un objeto externo donde existir.
Le pones en el otro lo mejor de ti. Tu potencial, tu brillo, tu versión más libre. Y luego lo persigues ahí, en lugar de habitarlo en ti.
Esto es un mecanismo de defensa, el yo hace lo que puede con lo que tiene.
Pero tiene una consecuencia inevitable: la persona real, con sus contradicciones, sus limitaciones, su humanidad ordinaria, siempre va a decepcionar. La realidad no cabe en la proyección. Y cada vez que la realidad aparece, hay que ignorarla para mantener la fantasía intacta.
Por eso la limerence borra quién realmente es el otro. Es necesidad, no ceguera.
Lo más difícil de aceptar es esto: ese vacío no se llena desde afuera.
Lo que busca ese vacío específico no es compañía ni afecto (es reparación). Quiere volver atrás y que esta vez sí llegue lo que no llegó. Quiere que esta persona, con su elección, reescriba una historia anterior.
Eso no puede hacerlo nadie. El pasado no es editable desde el presente de otro.
La espera más terrible es esperar algo que no puede llegar. Estar en ese callejón sabiendo, en algún lugar, que es sin salida (y quedarte ahí de todas formas). Eso no es debilidad. Es la huella de algo que dolió mucho antes de que esta persona apareciera en tu vida.
Entonces qué
La pregunta no es cómo dejas de pensar en esa persona.
La pregunta es qué edad tiene ese vacío. A quién le estaba esperando antes. Qué necesitó ese niño o esa niña que no llegó de la manera que tenía que llegar.
Porque ahí (en ese origen, en esa historia anterior) está lo que de verdad necesita atención. Para dejar de pedirle a otro que haga lo que solo puede ocurrir adentro.
Estás obsesionado/a con alguien que no está ahí. Y llevas mucho tiempo así. Solo que antes de esta persona, ese alguien eras tú.



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